Carlos Fernández

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Corazón, ayer sonoro,

¿ya no suena

tu monedilla de oro?

Antonio Machado


Hace un año los médicos le diagnosticaron a mi mujer Mercedes Taboada una dolencia muy grave. Enseguida los dos supimos que su vida sería corta. Así fue, en efecto: falleció el 16 de enero pasado. El principal objetivo de estas páginas es dar las gracias más sinceras y emocionadas a todos los que personalmente o a través de este diario, por teléfono o por correo me habéis hecho llegar vuestras condolencias y el profundo afecto y reconocimiento por lo que Mercedes supuso para vosotros. Ese afecto expresado por parte de un número tan grande de personas es la respuesta a lo que creo que fue la principal virtud de Mercedes, su generosidad. Generosa con su cariño, con su amistad, con su tiempo, con su trabajo. Lo daba todo a manos llenas, sin reparar en esfuerzos.

Pero además de daros las gracias quiero pararme en otro punto de vuestros testimonios. Muchos de vosotros resaltáis con justicia su gran entrega a la profesión de docente. Es verdad, Mercedes nada hacía sin alegría, sin entusiasmo, sin pasión. Dio una buena parte de su vida a la enseñanza y estaba muy orgullosa de ser profesora. Voy a revelar un par de datos de su biografía conocidos por muy pocas personas, pero que ayudarán a entender mejor su compromiso con la enseñanza.

Mercedes estuvo a punto de morir cuando era niña, a causa de la difteria. Se salvó gracias a que su padre, Antonio Taboada Chivite, había hecho varios cursos de la carrera de Medicina y eso le facultó para identificar a tiempo los síntomas de la enfermedad y avisar al médico. No todos corrieron esa suerte: una niña que jugaba con ella en la plaza de la Merced de Verín falleció por la misma causa. Fue un hecho fundamental en su vida y me lo recordaba con frecuencia porque, además de una admiración sin límites hacia su padre, dedujo de él una importante consecuencia: que el conocimiento es un instrumento poderoso y lo que se aprende en un aula puede llegar a ser decisivo. Justamente por eso, pensaba que los docentes deben ser muy conscientes de su responsabilidad y tomarse muy en serio su trabajo. Ella lo hacía.

Todos tenemos algún profesor importante en nuestra vida. Merce no fue una excepción. Dos profesoras la marcaron profundamente durante el Bachillerato. También de esto me hablaba a menudo. No recuerdo sus nombres. Una le explicó Literatura y la otra Historia del Arte. Me consta que tuvo ocasión de reconocerle personalmente a la primera la gran deuda que tenía con ella, pues había logrado convertirla en una lectora voraz. La segunda le dio los primeros rudimentos teóricos para interesarse por el arte y entre sus papeles está aún la libreta con los apuntes de aquella asignatura. Me contó más de una vez que cuando en 1973 llegó a Santiago para matricularse en la Universidad estuvo un rato en la plaza de Mazarelos con el sobre de matrícula en la mano dudando si entregarlo en la Facultad de Filología o en la de Geografía e Historia, que por entonces distaban apenas cien metros una de la otra. Se decidió finalmente por la primera pero nunca olvidó la segunda. Eso supuso una gran suerte para mi, pues conté siempre con su complicidad entusiasta a la hora de visitar un museo o una exposición, preparar un viaje o asistir a una conferencia que pudiese ser interesante para nuestro trabajo en el aula.

Aunque ella lo negaría, Mercedes fue una mujer fuerte y valiente. También en los últimos meses. Era muy sensible ante situaciones de injusticia o de abuso de poder. Le hacían sufrir y se levantaba frente a ellas. Por eso admiraba tanto a los personajes y personas que luchaban para cambiar las cosas. Entre los primeros sentía debilidad por Mafalda, la genial niña de Quino. Hay entre sus libros una buena colección de las tiras de ese clásico publicadas por Lumen, que ella releía con frecuencia e incluso utilizaba en clase como recurso para enseñar a sus alumnos los entresijos de la lengua. Y entre los segundos, muchos sabéis de su admiración por Emilia Pardo Bazán, tanto por ser una gran escritora cuanto por haber sido una mujer de vanguardia en muchos aspectos. En los últimos años dedicó mucho tiempo a estudiar su vida y obra, leer con sus alumnos El cisne de Vilamorta y salir a la calle con ellos a pasear los lugares de O Carballiño que recrea la novela. Incluso tuvo tiempo, poco antes de fallecer, de sugerir alguna idea para mejor celebrar en nuestra villa el centenario de doña Emilia.

Durante los siete meses que duró su enfermedad tuvimos el apoyo constante de nuestra familia y la compañía y el consuelo de nuestros amigos. También ellos sufrieron mucho, pues sabían que era la nuestra una esperanza desesperada. Durante el estado de pandemia, su presencia en nuestra casa fue para nosotros un regalo en medio de tanta desgracia. Mercedes atendió a cientos de llamadas y se sintió muy querida por sus compañeros y alumnos del IES nº 1. Eso le ayudó mucho a resistir de un modo ejemplar. El ara romana que los dos visitamos tantas veces en el Museo de Mérida dice lo esencial de lo que ocurrió en ese medio año: la veneración hizo cuanto pudo para quien aún más merecía. Pero no fue suficiente y desde el 16 de enero vivimos sin su compañía y una ausencia muy grande nos persigue como una sombra. La pena y las lágrimas nos acompañarán siempre, pero no podemos recrearnos en un dolor paralizante. Suele decirse que nadie muere mientras alguien lo recuerda. Algunos pensarán que esto no es más que una fórmula consoladora, pero no es así. Los testimonios que sincera y generosamente me habéis hecho llegar son la prueba de que, en efecto, con su alegría Merce logró contagiar a muchos de vosotros su pasión por la literatura, por la enseñanza y por la vida. Para mi fue una gran suerte haberla conocido y siempre llevaré con orgullo el haber sido feliz a su lado durante tantos años. Gracias a todos. De corazón.