Juanjo Nogueira: “8M y la Responsabilidad Selectiva”

Juanjo Nogueira. Investigador de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Se acerca el 8 de marzo y muchos han sido los que han salido de la cueva con gran bravuconería a lo largo de los últimos días para arremeter contra cualquier persona – ya sea pública o no – que defienda las manifestaciones del Día Internacional de la Mujer. Estos ataques se producen siempre en nombre de la responsabilidad sanitaria que todo buen ciudadano debería adoptar debido a la situación crítica actual causada por la pandemia y, por supuesto, no tienen ninguna otra intención velada. Al menos eso es lo que nos quieren hacer creer los presuntos defensores de la salud que utilizan la crisis sanitaria como pretexto para atacar al feminismo y a las celebraciones y reivindicaciones del 8 de marzo. Esta situación me transporta veinte años atrás cuando, siendo yo adolescente, mascaba un chicle de menta diez minutos antes de irme a casa para que mi madre no oliera el olor a tabaco en mi aliento. Está bien intentarlo, pero no engañas a nadie. Detrás de la primera ráfaga de aliento con aroma mentolado, siempre aparece el tufillo inconfundible del tabaco rubio o, en el caso que nos ocupa, del machismo rancio.

Desafortunadamente, los detractores del 8 de marzo se han visto respaldados por la Ministra de Sanidad, Carolina Darias, que el 25 de febrero declaró que la celebración del Día de la Mujer “no ha lugar” debido al alto riesgo en el que aún se encuentra nuestro país. Por si la situación no era ya suficientemente complicada, la Delegación del Gobierno en Madrid ha echado más leña al fuego al prohibir recientemente todas las manifestaciones que estaban planeadas para el 7 y 8 de marzo en la Comunidad de Madrid. Estas acciones llevadas a cabo por la parte socialista del gobierno, en mi opinión muy desatinadas, suponen un apoyo innecesario a aquellos que no precisan de ninguna excusa para propagar su odio por el feminismo a la mínima ocasión posible. Es curioso comprobar que el acercamiento del 8 de marzo genera más sensibilidades a favor de la responsabilidad sanitaria que los miles de fallecimientos, los millones de contagiados, los innumerables empleos destruidos y las interminables colas del hambre que ha sufrido nuestra sociedad durante el último año. Sin duda alguna, si tuviéramos un 8 de marzo cada semana ya hubiéramos vencido al SARSCoV-2 hace mucho tiempo.

Sin embargo, esta especie de ilusión de responsabilidad social repentina mostrada por algunos es también una responsabilidad selectiva, que no se ha visto en ningún otro momento de la crisis sanitaria. Durante los últimos meses hemos asistido, tanto en la Comunidad de Madrid como en el resto del país, a manifestaciones y protestas organizadas por diversos sectores sociales y políticos como la hostelería, la ultraderecha, los sanitarios, los investigadores, los opositores de la denominada ley Celaá, y hasta negacionistas que acudían a las protestas sin mascarilla y, no está de más decirlo, sin sentido común. En esas ocasiones a muy pocos se les pasó por la cabeza prohibir el derecho a manifestarse a pesar de que los datos epidemiológicos eran en algunos momentos peores que los actuales. Entonces, ¿por qué ahora esta oposición tan férrea a que se celebre el 8 de marzo? La respuesta es más que evidente: a ciertas personas y colectivos les incomoda el feminismo. Les incomoda que las mujeres cobren los mismos salarios que los hombres, que alcancen puestos de poder en instituciones y empresas públicas y privadas, que participen en la vida política, que disfruten de una buena conciliación laboral y familiar, y que puedan salir a la calle sin el temor de ser acosadas, violadas o asesinadas. En definitiva, les aterra que nuestra sociedad alcance una igualdad absoluta entre mujeres y hombres. A todos estos temerosos del movimiento feminista les quiero lanzar un mensaje de tranquilidad. No os preocupéis, desafortunadamente la igualdad de género no está a la vuelta de la esquina. De ahí la gran importancia de celebrar y reivindicar el 8 de marzo. Incluso con pandemia.

A primera vista, la prohibición de las manifestaciones del 8 de marzo podría parecer una idea razonable dada la situación de alerta en la que aún nos encontramos. Sin embargo, tanto el gobierno central como los gobiernos regionales han tenido todo un año para idear estrategias que garanticen que podamos ejercer nuestros derechos con total seguridad. No debemos olvidar que el derecho a reunión y manifestación es uno de los derechos fundamentales recogidos en nuestra constitución. Durante los primeros meses de la pandemia – cuando aún se desconocía el modo de actuación del virus y sus consecuencias sobre nuestra salud – era totalmente comprensible que el gobierno se viera en la tesitura de tener que restringir ciertas libertades de la ciudadanía. El objetivo de proteger la salud pública en aquellos momentos de incertidumbre estaba por encima de todo y, se podría decir, justificaba prácticamente cualquier medida. Sin embargo, después de todo el conocimiento científico generado a lo largo del último año – que debería haber servido para diseñar pautas de actuación contra la propagación del virus – es completamente inadmisible que se limiten derechos constitucionales, como el derecho a manifestación o el derecho a votar en unos comicios. El papel del gobierno no puede ni debe ser el de decidir qué derechos se deben prohibir para preservar la salud pública, sino el de garantizar que los ciudadanos podamos hacer uso de todos esos derechos con total seguridad.

Pero ¿qué se podría haber hecho para garantizar la seguridad en las concentraciones del 8 de marzo? A pesar de no ser experto en movilidad, se me ocurren una serie de medidas que podrían aplicarse. En lugar de realizarse pocas concentraciones multitudinarias se pueden planear muchas con poca asistencia; los distintos puntos de reunión a lo largo de la ciudad deben estar correctamente distribuidos para evitar aglomeraciones antes y después de las concentraciones; las manifestaciones pueden ser estáticas de manera que guardar la distancia de seguridad sea mucho más fácil; y se puede recomendar el uso de mascarillas FFP2 y evitar las quirúrgicas o higiénicas. Obviamente, es probable que aún así se produzcan incidentes no deseados que puedan poner en peligro la salud de algunas personas. Si eso ocurriera, los cuerpos de seguridad deben encargarse de sancionar a los responsables, de la misma manera que son sancionados en muchas otras situaciones relacionadas o no con la pandemia. Sin embargo, lo que no se debe consentir es la privación de nuestros derechos fundamentales por el temor a lo que pueda suceder en un hipotético escenario. Ese es un camino muy peligroso en el que no deberíamos querer adentrarnos. Especialmente cuando hablamos de un derecho tan importante como es el derecho a manifestación por el que muchas personas han luchado e incluso perdido la vida.

Y especialmente cuando hablamos de los derechos de las mujeres que han sido y siguen siendo pisoteados sin ningún pudor por muchos. Tristemente, este 8 de marzo no podremos salir a la calle en la Comunidad de Madrid para acompañar y apoyar a las mujeres en su lucha. Eso no significa que no vaya a haber 8 de marzo. Lo habrá. Y quizás con más fuerza que nunca. Pero las protestas y reivindicaciones se harán desde redes sociales, balcones y terrazas. Seguramente no hagan el mismo ruido que otros años, pero tendrán el mismo valor. Porque una sociedad no puede ser libre si la mitad de su población tiene menos derechos que la otra mitad. Y alcanzar dicha libertad debería ser una prioridad absoluta para cualquier gobierno que presuma de ser mínimamente feminista.


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